El Desdén de una Mujer

Tuvieron otra pelea, otra discusión... como quieran llamarlo. Kate miró a Michael, su esposo durante doce años, mientras permanecía dormido en su enorme cama matrimonial. Quería tocar su rostro, acariciarlo... decirle que lo sentía. Nunca fue su intención que las cosas se escaparan de sus manos. Nunca fue su intención que pelearan tanto, que se gritaran y se dijeran tantas palabras hirientes y dolorosas.

A pesar de que yacen apenas a unos treinta centímetros uno del otro, la distancia que los separa era ya un gran abismo que Kate no sabía cómo salvar. La frustración que apuñalaba su corazón se hizo más punzante mientras pensaba acerca de la vida amorosa de ambos; su rostro se contorsionó con dolor físico al darse cuenta de que Michael no la había tocado en semanas. El agua se empozó en sus ojos. "No hemos hecho el amor en meses", se susurró a sí misma. Al otro lado de la gran distancia que separa a las parejas casadas actuales, Michael, con la espalda hacia su esposa, permanecía también despierto. Odiaba su trabajo, odiaba estar en casa, deploraba su vida y las elecciones que había hecho en ella. Con amargura, contemplaba su día.

Decidido a levantarse y a largarse más bien temprano, sin darse cuenta de que su esposa lo observaba, Michael toma su uniforme silenciosamente y sale de la habitación. Al conducir su vehículo hacia la oficina de correos en el oeste de Los Ángeles, pasando casas que nunca podría adquirir, lo desgarraba el mismo dolor que sentía Kate y la terca inclinación de que tenía la razón... aún cuando no pudiera recordar sobre qué habían peleado la noche anterior, o la noche anterior a ésa, o la anterior a esa noche anterior. Frotándose la frente, pensó, "Ni siquiera necesitamos ya una razón para reñir". Al pasar frente a unas prostitutas en Sunset Boulevard, casi se detuvo por una chica joven enfundada en unas medias blancas a la altura del muslo. Casi se detuvo, pero no lo hizo. No había ya suficiente pasión en él, o suficiente vida ni siquiera para una puta barata. Michael se dirigió a su trabajo.

Kate se había levantado y disfrutaba de su ducha matutina. El agua limpia, caliente, danzaba sobre ella, la abrazaba, la acariciaba y consolaba su cuerpo y alma adoloridos. Miró hacia abajo, a su carne mojada, brillante, desnuda. Todavía era joven, todavía hermosa. Se preguntó por que él ya no la deseaba. "¿Por qué Michael no me ama?", se lamentaba. Sus lágrimas se mezclaron con el agua de la ducha, emigrando hacia la bañera y luego desagüe abajo. Kate no tenía el tiempo; ella también tenía que ir a trabajar.

Esperando el último despacho de correo del terminal anexo, Michael y sus compañeros de trabajo tomaron su descanso. Recogió sus dos pasteles de queso y refresco habituales. Janet, una empleada increíblemente alta y sensual le recordó que se estaba poniendo un poco gordo alrededor de la cintura. El día de Michael no mejoraba para nada. Regresó a su casillero y se encontró con que su supervisor había denegado su solicitud de horas extra o de ayuda en su ruta. Con trabajo ya de sobra, se volteó y encontró cuatro nuevas bandejas de correo en el piso. "No puedo hacerlo; no puedo entregar todo esto en ocho horas", le informó al indiferente caporal . "Mira, tú conoces las reglas... sólo elimina los impresos", le bramó éste. La gran vena a un lado de su cuello comenzó a abultarse y a pulsar. "No tengo tantos impresos, casi todo son cartas..." El jefe ni siquiera lo escuchó y se alejó. Michael regresó a su casillero.

Kate se secó; se enjugó las lágrimas. No odiaba a Michael, pero sí se sentía resentida. Se estaba volviendo una amargada en los más profundos y sombríos rincones de su alma. Kate sentía el ácido que la carcomía.

Michael aceleró al llegar a la bulliciosa esquina del oeste de Los Ángeles, una esquina que cruzaban productores, directores, doctores y abogados. Estacionó en la pequeña Santa Mónica, enfrente de un edificio lleno de corredores de bolsa, consejeros financieros, representantes artísticos, y otras cuantas oficinas inclasificables. Michael comenzó sus rondas, entregando el correo y flirteando con unas cuantas recepcionistas y secretarias. Bajando por la fila de edificios comerciales, el cartero comenzó a cruzar el bulevar. Nunca vio el Bentley conducido por un señor mayor. El Bentley se lo llevó por delante, lanzándolo por el aire. Permaneció inconsciente mientras los paramédicos se apresuraban en llevarlo al Hospital St. John. El doctor Ryde le administró resucitación cardiovascular luego de que el corazón de Michael se detuvo, y, a continuación, preparó al herido para cirugía.

El pronóstico no es muy bueno después de seis (6) horas de cirugía. Kate llega al hospital, va y viene por el piso por cerca de una hora y desaparece. La condición de Michael es crítica; permanece en coma... En un sueño profundo, soñando con un tiempo en el cual él y Kate eran felices y estaban satisfechos. Ajeno a los continuos pitidos que emanan del aparato que monitorea su corazón, sin percatarse de la mirada fija y penetrante de la enfermera, sus ojos rotaron en las cuencas al ver a Kate traerle una piña colada. Michael aspiró el aire del mar, sintió el sol tibio acariciando su piel y tomó un refrescante sorbo. Observando el cuerpo perfectamente bronceado de Kate, apenas vestido por el más exiguo de los bikinis, desea subir corriendo a la habitación del hotel y hacerle el amor con locura y pasión. Ansía su contacto y suspira por la intimidad que tan sólo puede compartir con ella, la mujer que ama. Al verla reír, se zambulle en su felicidad; la comparte. Al verla reír, la ama tanto más. La maternal enfermera no se da cuenta del cambio en su expresión; ella comienza a trabajar en un crucigrama.

Sola y deprimida, preocupada por Michael, pero a la vez furiosa con él, Kate baja la calle caminando. Es una calle con trajín, muchísimos carros y gente llenan el bulevar. Un carro patina al frenar, otro suena la corneta, alguien le grita a un amigo al otro lado de la calle. Un vagabundo inmundo, la ropa pudriéndosele literalmente, está sentado en un portal y mendiga unas monedas, pero Kate, en su propio mundo, aislada de todos las vistas y sonidos por una impenetrable barrera psicológica, ni lo miró. Cruza en todos los semáforos con su luz, pasa todos los rufianes y nunca ve el peligro. La esposa de Michael se encuentra de pronto en un bar de mala muerte donde ordena un trago, después otro y otro más.

Una sabandija despreciable sentada en una esquina obscurecida la mira, mientras ella degluta otro trago (el cuarto). Se sonríe, sacando a relucir sus dientes amarillentos y ennegrecidos. Como la víbora que es, acecha a su debilitada presa... Enrosca su cola, se levanta y camina hacia Kate. De pie, al lado de su taburete, lo suficientemente cerca para morder e inyectar su veneno, se presenta: "Mi nombre es Roger, ¿te importa si me siento aquí?" Admitiendo su viscosa presencia, ella menea la cabeza. Arrastrándose ávidamente al taburete vecino, Roger le hace señas al cantinero con su dedo grasiento; la víbora le señala dos bebidas, una para él y una para su presa. Volteando los ojos, el cantinero coloca las bebidas sobre el viejo bar de madera que había visto tiempos mejores. La víbora podía paladear la victoria mientras clavaba la mirada en el delicioso cuerpo de Kate. Su lengua reptó fuera de la esquina superior derecha de sus labios agrietados. Si sólo ella pudiera abrir los ojos, si sólo lo mirara, si sólo pudiera resolverse a pensar en Michael, pero no pudo, y el alcohol estaba empezando a cobrar su precio a sus sentidos.

Los sueños de Michael continuaban. Sus ojos, dando vueltas en su cabeza, enfocaron a Kate. Está vestida con esa prenda íntima que él le compró. El "viuda alegre" de encaje es rojo borgoña, las medias finas de nylon cristal sujetas a las cintas, y sus zapatos de tacón alto despiertan en lo más profundo de sus entrañas pasiones hace tiempo olvidadas. Su cara, esa cara de ella, le derrite el corazón. Deslizándose por la cama, trata de alcanzarla. Tocando su piel suave, tibia, recuerda que ha olvidado lo muy afortunado que es al tener una mujer tan hermosa y sensual con quien compartir su vida. Pero, al darse cuenta de ello, frunce el ceño; otro gesto que no nota la enfermera, perdida en sus crucigramas. Ella sube la vista, sin embargo; el monitor del corazón sigue sonando a una velocidad estable y tranquilizadora. Los ojos de la enfermera se abren ligeramente; sonríe, abre el libro de crucigramas y llena unas cuantas letras más, ajena al acertijo que se está perdiendo: el acertijo que yace postrado ante ella.

Vestida con tan sólo la prenda íntima que su esposo Michael le compró, el "viuda alegre" de encaje rojo borgoña y las medias finas de nylon cristal, sujetas a las cintas... Kate, usando tacones altos, sale del cuarto de baño y entra a su propio dormitorio. Los ojos de Roger se agrandan así como lo hace otra parte de su anatomía. No tiene nada puesto salvo unos viejos calzoncillos sucios, del tipo boxeador. La víbora no puede creer su suerte mientras ojea su capricho sexual, su juguete, y el objeto de su deseo. Kate ha tomado suficiente alcohol para embotar sus sentidos, pero necesita esto, necesita ser tocada, acariciada y amada. Necesita sentirse deseada. Torpemente y sin esmero, Roger se incorpora, halándola hacia él.

Aún ebria, Kate comienza a alejarse del terrible aliento de este ratón de botiquín. Roger siente el desprecio. Sensible únicamente a sus propias necesidades, empuja a Kate sobre la cama, separándole las piernas y forzando su entrada dentro de sus labios estrechos, húmedos y rosados, forzando su entrada dentro de su presa cautiva. Embiste más y más adentro, la monta con más fuerza y más fuerza hasta que ella lo siente estremecerse, hasta que ella puede sentir su líquido tibio derramándose adentro de la parte más privada e íntima de su ser, adentro de su alma. Siente náuseas, asqueada por él y de ella misma. Quiere llorar, gritar, pero cuando él rueda su pálido esqueleto de encima de ella, se decide por la única opción razonable... Corre al cuarto de baño y devuelve, vomitando el licor que la llevó hasta este momento. Se ducha, se restriega, y decidiendo que en realidad no se desquitó de su esposo, que no encontró el "amor" en un bar, llora. Desea que esto no hubiera pasado nunca, que Michael estuviera bien, y que este tipo Roger, este hombre vil y repugnante no estuviera en la casa de ellos. Cuando sale de la ducha, se le concede un deseo: el ratón de botiquín, la pequeña alimaña se ha ido.

Vistiéndose, Kate se apresura en regresar al hospital... Son sólo las 6 a.m., pero la enfermera de guardia la deja escabullirse para ver a Michael. A su cabecera; con sus manos en las suyas, le habla a su esposo inconsciente. Se lamenta, "Yo, yo, yo no sé qué decir, cariño". Tartamudea, "Yo, bien, yo pensé que estábamos tan distantes; pensé que habíamos perdido nuestros sentimientos. Estaba resentida contigo, con nosotros, con la forma como éramos..." "Yo quería desquitarme, sentirme, simplemente, sentirme viva, supongo." Mirando hacia abajo, al piso reluciente, continuó, "Nunca te odié, Michael; no creo que haya querido realmente otra cosa o a otra persona." "Por Dios, Michael... yo quería desquitarme o, bien, yo..." ¡BIIIIIIIIIIIIIIIIIIP!, sonó el monitor del corazón. Las enfermeras se apresuran a la habitación y sacan a Kate. Más enfermeras y algo de equipo le pasan por el lado como un relámpago en el corredor. Alguien anuncia, "Código azul en la habitación 731." Kate cae en cuenta, "Se refieren a Michael."

En el cementerio, Kate se arroja sobre el féretro y llora, "¡Yo no quise hacerlo, yo no quise hacerlo, Michael!" "Te amo", grita a la vez que el hermano de Michael la arranca del cajón de bronce. El sacerdote termina las bendiciones, el ataúd es descendido a la tierra. Kate está histérica mientras le suplica al difunto que la perdone.

Ella ahora visita el cementerio casi todos los días; visita a su esposo. No necesita que la toquen o la acaricien. Kate sólo necesita que la perdonen.

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Creada: 29 de octubre, 1999r.
Última actualización: 01 de octubre, 2000r.
Traducción: Sol M. Castro-Sánchez