He estado trabajando en la Sección Americana de la Embajada de los Estados Unidos los últimos siete años. Bueno, en realidad, es mi tapadera; estoy en condición de servicio en "la corporación" o lo que más fácilmente podrían conocer como la CIA. Estoy apostado en un pequeño punto de lo que solía ser una parte importante de la antigua Unión Soviética. Era una buena asignación, pero ahora,... para ser honesto, es un trabajito de mierda.
Hasta los diplomáticos de verdad se aburren como ostras, llevando a sus familias de excursión por las antiguas zonas de recreo de los zares y escuchando los encantadores cuentos tradicionales de los lugareños. Es gente pintoresca, y el elemento principal de la mayoría de esos cuentos de vampiros y hombres lobo. Hasta el campo, embasurado con las ruinas de castillos hace tiempo ya olvidados, se presta a la imaginación de cualquiera, mientras el crepúsculo se entierra cada día en la obscura tierra de la noche. ¡Dios!, sin embargo, ¡Detesto estos caminos! Conduciendo hacia un municipio que apenas si puedo deletrear, no digamos ya pronunciar (no hay suficientes vocales), me solicita nuestro oficial de seguridad (un ‘marine’ sicótico) que investigue a un diplomático de carrera que desapareció mientras turisteaba con un funcionario del lugar. ¡Diablos! Probablemente andan por ahí echando una canita al aire. No les puedo decir cuántas veces he atrapado por ahí fuera a nuestros diplomáticos, especialmente a los nombrados políticamente, para un fin de semana salvaje con alguna y/o algunas jovencitas del lugar divulgándolo.
¡Mierda! Detesto estas señales rusas. Al menos ahora tienen señales; el viejo régimen era tan paranoico que nunca sabías dónde estabas. En este momento, creo que acabo de pasar el camino a Tbilisizk. Sí, cómo dije, ¡No lo puedo pronunciar tampoco! Intento hablar con un granjero; es chiste. Ninguno de nosotros distingue nuestros culos de un hueco en el suelo. ¡Joder! Sigo conduciendo, esperando encontrar un sitio dónde pasar la noche antes de intentarlo nuevamente mañana. Está obscureciendo, y la maldita neblina baja rodando. Para cuándo me detengo en la villa sin nombre, apenas puedo ver más adelante. ¡Eso es! ... Si mi ruso es la mitad de lo bueno que pienso que es (más o menos a la par del de un niño de preescolar), es un hostal. Estaciono. Entro al viejo edificio de piedra, y un viejo con una larga barba gris me registra con desgana. La habitación es espartana, pero limpia. Suelto mi maletín y mi talego de viaje en mi cuarto, y me largo, caminando las calles desiertas. Llego a una ruidosa taberna y entro, esperando quitarle un mordisco al frío. Todo se detiene; los hombres se callan, y una mesonera deja caer una bandeja llena de vasos mientras todos miran al extraño que se atrevió a interrumpir su gozo. Me doy vuelta, pero no hay nadie detrás de mí. Yo soy el extraño.
Agente de la CIA o no, me sentí sumamente incómodo atravesando el piso rechinante de paneles de madera hacia la simple mesa de tablones rodeada de sillas rústicas de madera. No era el antro más limpio en el que alguna vez estuve. Lentamente, miré alrededor mientras tomaba asiento con la espalda hacia las paredes. Todos los hombres se veían viejos, más viejos que viejos, con sus largas barbas grises. Era un poco extraño; no pude encontrar a ningún treintañero o a alguien más joven. Quizás estaba en el sitio equivocado, pero adivinaba que éste era el único sitio en este pueblucho. Pedí una cerveza; volví a pedirla, y la mesonera me trajo una botella de vodka. ¡Ah, sí! Esta iba a ser una gran noche de diversión. Justo el lugar para asegurarse una. Pensé... ¡Que todos parecían asesinos en serie!
El jugo de papas destilado sabía a rayos, pero después de tomar un trago, los lugareños comenzaron a conversar de nuevo. Un tipo sin oído musical tocaba en el violín unas cuantas, ahhh, ¿debería llamarlas melodías? Bueno, aquí afuera, me imagino que era una nochecita de película. Para las ocho o así, me encaminaba hacia mi habitación en el cómo-se-llama-Hotel-Hilton en Dios-sabe-dónde-en Rusia. ¿Es esta una vida encantadora o qué? De todas formas, se sintió requetebién meterse bajo el edredón grueso de plumas. Estaba listo por esta noche, ¿listo por esta noche? ¡Mierda! No cuándo algún perro imbécil está gañendo como desquiciado, y algún borracho idiota está dando alaridos en el bosque. Licor malo fue mi primer pensamiento frustrado. Echado en mi cómoda cama, aún cuándo olía un poco mal, esperé a que los gañidos y alaridos se acabaran. Miré a través de la ventana escarchada, pero no pude ver nada más allá del banco de niebla que cubría el pueblo y la tierra que lo rodeaba. El borracho sonaba horrible; quizás se cayó, o el perro lo mordió. Pero mi ruso no era tan bueno, y se ponía peor cuando alguien estaba tan agitado como este tipo debía estar. La gritería se detuvo. Pero ese maldito perro comenzó a aullar. Sus aullidos me pusieron los pelos de punta. De acuerdo con mi reloj, era la medianoche. Traté de forzar el sueño. Todavía más aulladera, pero estaba más cerca, más cerca, y finalmente, sonaba como un coro de perros abajo en la carretera; hambrientos perros del infierno con un problema de actitud, ¡Peleándose por carne cruda!
No fue sino como a las tres o cuatro de la madrugada que se acabó la conmoción, el frenesí alimenticio, o lo que fuera... Se deben haber desmayado todos, pensé. Turulato de sueño, cerré mis pesados párpados y caí en un sueño profundo. En mis sueños, encontré al diplomático desaparecido. En mis sueños, él era el líder rabioso de una jauría de perros feroces, lobos, en realidad. Todos echaban espuma por la boca cuando se voltearon a mirarme. El diplomático montó una perra, y se apareó con ella, mientras los otros me perseguían. Gruñen, pelando los dientes, con los hocicos no mucho más atrás; corrí por mi propia vida. Podía escuchar sus gañidos mientras sus afilados dientes caninos cortaban a través del aire de la noche.
Huí de la villa adentrándome en la hostil línea de árboles del bosque ominoso, ganando distancia, pero cada vez más desesperanzadamente perdido. Tropezando en las zanjas, deslizándome por terraplenes, y resbalando en un río congelado que yace al acecho. Apaleado, magullado, y temeroso, no sabía a dónde dirigirme. Me corté en un arbusto espinoso justo cuando me detengo y me doy cuenta de que estoy rodeado de una jauría de los astutos animales hambrientos que me han estado persiguiendo; ¡No! ¡Cazando!. Se abalanzan sobre mí, de una vez, haciéndome trizas. Sus dientes atacan con tesón mi piel, despedazándome sin compasión.
Vuelvo mi cara sangrienta, y veo a mi diplomático pateando su camino hacia adelante. El dolor ha desaparecido; mengua el terror, mientras lo observo enterrar su cabeza en mis intestinos ensangrentados. Da un tirón una vez, da un tirón dos veces... arranca mi hígado. Pierdo el conocimiento, en realidad despertándome en una piscina de sudor. Abriendo mi bolso; busco una lata de refresco, y me bebo mi desayuno. Mirando a través de la ventana fría, casi puedo ver el amanecer. Miro fijamente, me siento, y miro fijamente mientras comienza otro día.
Mi estado contemplativo es interrumpido por un hombre que me pregunta si puede limpiar la habitación. Como todos los otros, es viejo. Como todos los otros, tiene una barba de armas tomar. Dos observaciones; en realidad, tres. Sólo he visto una mujer (la mesonera); todo el mundo parece increíblemente viejo y no hay niños en esta villa. Quiero decir, calculo que todos aquí, con la excepción de la mesonera, recuerdan la época de los zares, ¡Por Dios! Y después, todo ese bullicio de anoche, pero el viejo Iván, el tipo haciendo mi cama... ¡Mierda! Él no sería la persona a preguntar; de eso estoy más que seguro.
Me dirijo al comedor a desayunar. Un poco de pan ruso de centeno con mantequilla fresca, y confitura casera. Me quemo ligeramente la lengua mientras sorbo una taza de té caliente. Es amargo, y no veo el azúcar por ninguna parte. Mordisqueando el pan, le doy un vistazo a cuatro viejos sentados a una mesa cerca de la puerta. Están bebiendo su té, y observándome. Me incomoda, y pienso que tengo que largarme de aquí. Agarrando mi equipo, me encamino hacia el Sedan de la embajada, un anticuado auto ruso desgastado. No arranca en el primer intento... como siempre... en el segundo intento, tampoco arranca. Al tercer intento, me preocupo. Alrededor del sexto, séptimo intento, decido intentar buscar alguna ayuda. Se dice fácil en un sitio como este.
Pues bien, el mecánico me lanza esta mirada... Esa vieja mirada de ‘me está hablando en chino’, lo que con mi ruso, supongo que estaba haciendo. Cuando saqué los billetes gringos, sin embargo, se rompieron las barreras del lenguaje. Otro viejo sin hojilla de afeitar, me dice que no podrá reparar el carro antes de dos días. Bueno, creo que eso es lo que me está diciendo. No hay teléfonos alrededor, así que estoy varado. Al regresar al hostal, me imagino que el diplomático, mi diplomático desaparecido, se habrá despertado de su orgía; su ninfa de dieciséis años lo vestirá y lo pondrá en camino. Él inventará alguna historia; la prensa y el Departamento de Estado lo convertirán en un héroe, y yo me joderé. ¡Dios! Me quiero marchar de este lugar.
El sujeto de la posada no parece entender que me estoy registrando otra vez hasta que saco unos billetes. Si alguna vez vienen a Rusia, dejen sus diccionarios y traductores electrónicos... sólo traigan abundante efectivo. De todas formas, es un día gris afuera, realmente encapotado; muy parecido a mis días en el ejército, cuando estuve apostado en Mainz, Alemania. Creo que el camino sobre el que ando es realmente de guijarros; las calles laterales están sucias, pero aún todo es tan raro. Nadie está trabajando, comprando o haciendo cualquier otra cosa en la calle. Los campos alrededor de la villa son llanos y salvajes. ¡No entiendo cómo vive esta gente! Siete años aquí, y todavía no entiendo a esta gente. Lo que lo hace más frustrante es que tengo algo de sangre rusa en mis venas, así que es como si no entendiera a mi propia gente. Al mirar los edificios viejos y el campo, olvido mi misión por un rato. Recuerdo a mi 'Bussia,' y sus relatos acerca de nuestras raíces 'regias'. Para un niño de la clase trabajadora en la parte pobre de la zona sur de Chicago, eran historias poderosas. Al crecer, sin embargo, supongo que deje de creer en las partes de la realeza, y los relatos que ella contaba de las responsabilidades de nuestra familia de proteger a nuestros compatriotas rusos de los males de la noche. Aparentemente, algún príncipe en el siglo XV hizo esta promesa solemne, y cada cien años o así, sus descendientes supuestamente eran sometidos a prueba por las fuerzas del mal. ¡Sí, seguro!
El almuerzo en la taberna no estuvo tan mal. Una sopa de pato obscura, con apariencia de chocolate. La mesonera la llamó 'czarnina,' o algo así. Bien, así que leen que estoy de vuelta en el bar, con la única mujer en el pueblo, y sé lo que están pensando... pero ella no es gran cosa de mirar. No lleva barba, pero ¡Se vería mejor con una! Así que saquen su mente de la cloaca, y ¿Avancemos? Camino a lo largo de los guijarros, comenzando a sentirme un poco solo, y me paro a chequear mi automóvil. El viejo (¿Cuál de todos?), el mecánico, tiene el motor fuera del auto, y parece un niño jugando con una nueva colección de juguetes de latón. No es nada alentador, y no me molesto en preguntar. Sólo me dirijo de vuelta a mi habitación.
¡Oh! ¡Grandioso! Acabo de buscar el significado de czarnina. Está hecha de sangre de pato... No me siento nada bien. Corro hacia afuera en busca de aire, y vomito en la calle. En fin, lo bueno aquí es que con las calles desiertas nadie me va a ver. Limpiándome la saliva viscosa de la boca con la mano, veo a mi alrededor, y como era de esperarse... hay como unas veinticinco personas observándome. ¡Familias! Este pueblo no está muerto como pensaba. No sé dónde ha permanecido toda esta gente, los niños, y las jóvenes, especialmente, pero cortésmente alejan la mirada, y cuando emprenden la marcha, los sigo.
La cifra aumenta, cerca de cincuenta personas bajan por un camino de tierra. Permanezco a la zaga, pero ya puedo ver que vamos hacia una vieja iglesia ortodoxa rusa. No se ve demasiado impresionante, más como una capilla, o una casa convertida en una iglesia. De todas formas, sólo quiero ver gente 'normal' de nuevo, y tampoco me haría daño ofrecer mis respetos. Aunque soy católico romano, tenemos un fuerte vínculo con el rito oriental, y me siento cómodo al entrar. La iglesia es hermosa por dentro. Muy ornamentada. Perdido en el trabajo artístico de antiguos iconos, y madera tallada a mano, oliendo la cera de las velas y el incienso, y escuchando los himnos rusos, me siento transportado a otra generación. Me siento más cercano a mi 'Bussia.' Puedo escuchar su voz, escuchar sus relatos, y creer en su 'príncipe.' Para ser honesto, quizás esa es la razón por la que incluso me enrolé en la agencia... Muy dentro de mí, me gustó la idea de 'proteger' a nuestra gente. Aún cuando ahora, nuestra gente eran mis compatriotas norteamericanos. Me sentí en paz durante el servicio.
Otra vez solo para cenar, comí unas papas hervidas, salchichas y una especie de col fermentada. Cosas muy elementales, pero nada que tuviera que buscar en un diccionario. Este era un lugar tan extraño, pensé. Me preguntaba hacia dónde había desaparecido toda la gente al no ver otra cosa sino a viejos en la taberna. ¡Ea! Quizás me marcharía de aquí mañana, de vuelta al mundo real. De regreso en la embajada, haría que el sargento de la marina encargado del rancho me cocinara un biftec. ¡Ah, sí! ¡De este grueso! Mmmm... Mi boca se hacia agua sólo pensándolo.
En mi habitación, acostado desnudo, leo un libro titulado 'Murmullos Aprensivos' de un sujeto llamado Riley. Es una de esas historias de fantasía sobrenaturales que te hacen sentir bien al final. Mis esperanzas de una noche tranquila se hacen añicos cuando escucho el primer aullido. Están de regreso; mis sabuesos del infierno han regresado. Miro el reloj, la medianoche de nuevo. Apenas si puedo vislumbrar una luna llena a través de la ventana escarchada. Regresando a mi novela, me encuentro con que no me puedo concentrar. Sé que es inútil, pero trato de abrir la ventana para poder gritar "¡Cállense!"
La ventana se abre de un tirón, y estoy mirando a la garganta de una bestia carnívora, a un perro enloquecido, !No¡ Es demasiado grande para ser un perro, ¡Es un lobo! Es un lobo hambriento que me mira fijamente mientras gruñe; el sabueso pela los dientes, revelando sus helados dientes níveos, afilados como hojilla de afeitar. La saliva gotea hacia el antepecho de la ventana mientras él cambia de postura. Lentamente, escudriño la habitación buscando una salida, un arma, cualquier cosa que pudiera prolongar mi vida. Veo un abrecartas, un recuerdo de mi 'Bussia'. Está demasiado lejos; yo sé que nunca lo lograré. Se abalanza sobre mi garganta para un remate rápido, pero en cambio, me muerde el hombro. Retirándome, con un espasmo de dolor mezclado con miedo, rodamos por el piso. Mi espantosa pesadilla me viene a la mente en un destello de horror. Trato de agarrar su hocico; me muerde la mano, y grito mientras la sangre mana de la herida boquiabierta.
Sé que estoy en una lucha por mi propia vida, con pánico lanzo a la bestia los puñetazos más fieros que pueda concebir. Él continua mordiéndome. Está cubierto de espesa sangre roja; ¡Me doy cuenta de que es mi sangre! El terror se apodera con fuerza de mi corazón; siento algo en mi mano... ¡El abrecartas!; el recuerdo de mi 'Bussia' Apuñalo al lobo; lo apuñalo una y otra vez. La bestia gañe, pero la bestia no detiene su ataque. Lo apuñalo de nuevo; clavo el abrecartas en el cuerpo de la bestia; su cabeza, sus patas, cualquier cosa que pueda alcanzar. Sigo apuñalando como un carnicero que se ha vuelto loco; no me puedo detener. No me puedo detener ni siquiera cuando veo morir al lobo, ni siquiera cuando veo la sangre escurrir sobre el piso; ni siquiera mientras lo observo, lo observo transformarse. El animal convertirse en hombre; el hombre convertirse en un diplomático, ¡Mi diplomático! Mi sueño, por alguna razón, era cierto, por alguna razón... pero eso es una locura; es demente.
La aulladera se detuvo aquella noche; ahora está tranquilo. ¡Ahh! Ha estado tranquilo por un largo tiempo, desde que me encontraron caminando sin rumbo por las sucias calles de ese pueblo sin nombre; ensangrentado con su líquido vital, empuñando el abrecartas de mi 'Bussia.' Yo los protegí; lo hice... Ahora, me pudro en esta maldita celda, esta prisión de la KGB. Soy un príncipe, les digo; ellos incluso me llaman loco. Pero no lo estoy, ¡No estoy loco! ¿Me entienden? ¡No estoy loco! Y además, ¡Tengo inmunidad diplomática!
Creada: 29 de octubre, 1999r.
Última actualización: 30 de noviembre, 2000r.
Traducción: Sol M. Castro-Sánchez